Mirando la vida pasar

Ya es hora. El despertador le avisa que debe levantarse para ir a trabajar. Pablo tiene un trabajo algo particular, él se dedica a controlar a personas. Personas que no conoce, pero que debe observar para asegurarse de que la ciudad se mantenga en orden. Como en algún momento pudo ser espectador de Gran Hermano ahora esa actividad se convertíría en su tarea diaria y su fuente de ingresos. Como todos los días entra a las oficinas de la Guardia Urbana. Se acomoda en el escritorio en el que tiene tres grandes pantallas como si fueran ventanas que le muestran otros lugares de la ciudad. Al igual que los otros 25 operadores su trabajo consiste básicamente en ver lo que sucede en varios puntos de la ciudad durante 8 horas por día.

Su puesto parece más una estación de videojuegos que un espacio de trabajo pero es ahí en donde con un joystick puede mover las cámaras de vigilancia y asegurarse de que la ciudad esté bajo control. Bajo su control. Mira las diez cámaras que tiene asignadas y se fija si hay algo que le llame la atención.  Por ahora nada. Mira como pasan los autos por calle Laprida, como si estuviese sentado en una reposera en la vereda como se hacía tiempo atrás. Espera encontrar algo porque después de todo ese es su trabajo. Por momentos se imagina en esos lugares, disfrutando del sol en el Parque Urquiza o caminando por Boulevard Oroño.

La cámara se mueve 360 grados y puede captar casi todo. La hace rotar hacia la pared, mira los edificios, la gente que camina por la vereda. El barrendero pasa limpiando la basura y hojas secas que se juntan en invierno al lado del cordón. En la esquina una mujer extiende el brazo para parar al colectivo que se desplaza por el carril de la derecha. La dueña de un negocio de lencería sale a barrer la vereda y un canillita acomoda los diarios para repartirlos. 
Se detiene a ver la cámara que muestra a la esquina de San Martín y Uriburu. En la estación de servicio hay un grupo de chicos que recién salen de la confitería bailable en la madrugada del viernes. De pronto un auto cruza la bocacalle a alta velocidad y colisiona con un colectivo que se dirigía por calle San Martín. El choque es muy importante y el auto queda destrozado. La gente de la estación se acerca a ayudar como también otros a ver de la curiosidad y el morbo. Pablo quedó impresionado frente a la pantalla viendo esa realidad como si fuera parte de un programa de televisión. Atónito por el hecho no podía hacer otra cosa que seguir mirando boquiabierto. No podía creer que a meses de inaugurado el Centro de Monitoreo ya estaba presenciando ese tipo de escenas. Rápido reaccionó y se comunicó con el supervisor. La vida de otras personas dependen ahora de él.



Se levantó de su silla pidiendo auxilio:

-Un accidente, un accidente muy grave en San Martín y Uriburu. Hay que mandar ya una ambulancia.

Sintió la urgencia casi como si conociera a esas personas y esperaba que la ambulancia llegue lo más rápido posible.

Esa mañana que parecía aburrida y sin ningún hecho relevante se había vuelto un día de trabajo lleno de adrenalina. Expectante frente a la pantalla miraba como sucedía todo, con la impotencia de no poder estar ahí para ayudarlos y esperando la ambulancia del Sies que llevaría los heridos al Hospital Clemente Álvarez. El brillo del monitor se reflejaba en sus ojos que no podía cerrar del asombro por lo ocurrido.

Dos ambulancias y la policía llegaron al lugar del hecho y trasladaron los heridos. La calle quedó rociada de vidrios y de alguna ropa ensangrentada. La gente de alrededor estaba impresionada mirando el auto y el colectivo destrozados al costado de la calle. Todo había terminado. Pablo debía ahora abrir otra ventana sin saber bien lo que le esperaba presenciar.

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